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Pablo Sarasate, el violinista pamplonés para el que escribieron Lalo, Bruch y Saint-Saëns

Hasta Sherlock Holmes iba a escucharle. Repasamos la vida de Pablo Sarasate, sus Aires gitanos, las grandes obras que inspiró y los dos Stradivarius que dejó en herencia.

Por la Redacción de Rosa Music8 de noviembre de 2026 · 4 min de lectura
Retrato al óleo de cuerpo entero de Pablo Sarasate, de pie con frac negro y pajarita blanca, sosteniendo el violín y el arco sobre un fondo oscuro
Arrangement in Black: Portrait of Señor Pablo de Sarasate (1884), de James McNeill Whistler. Foto: James McNeill Whistler / Wikimedia Commons (dominio público)

En «La liga de los pelirrojos», uno de los relatos de Sherlock Holmes publicados en 1891, el detective hace una pausa en plena investigación para ir con Watson a escuchar a Sarasate en el St. James's Hall de Londres. Que Arthur Conan Doyle eligiera a un violinista pamplonés para ese momento dice mucho de lo que fue Pablo Sarasate: una estrella internacional, conocida por cualquier lector de su época, y uno de los violinistas para los que más obras se escribieron en el siglo XIX.

De Pamplona a París

Martín Melitón Pablo de Sarasate y Navascués nació en Pamplona el 10 de marzo de 1844. Su padre era músico militar y fue quien le puso el violín en las manos a los cinco años. Con ocho dio su primer concierto público, en A Coruña, y el entusiasmo que despertó le consiguió un mecenas para estudiar en Madrid con Manuel Rodríguez Saez. Allí se ganó también el favor de la reina Isabel II.

A los doce años viajó a París para estudiar con Jean-Delphin Alard, una de las grandes figuras del violín francés. El viaje empezó con una tragedia: su madre murió por el camino. Aun así, el joven Sarasate ingresó en el Conservatorio de París y obtuvo allí el primer premio de violín, la puerta de entrada a una carrera internacional que le llevaría por Europa y América.

Un sonido que inspiró a los compositores

Las crónicas de la época coinciden en describir su forma de tocar como pura, elegante y aparentemente sin esfuerzo, con una afinación impecable y un sonido más dulce que grandioso. Ese estilo inspiró a varios de los grandes compositores de su tiempo, que escribieron para él obras que hoy forman parte del repertorio básico de cualquier violinista:

  • Édouard Lalo: la Sinfonía española (1874), que, a pesar del nombre, es un concierto para violín en cinco movimientos.
  • Max Bruch: la Fantasía escocesa.
  • Camille Saint-Saëns: el Concierto para violín n.º 3 y la Introducción y rondó caprichoso.
  • Henryk Wieniawski: el Concierto para violín n.º 2.

Que una sola persona reciba dedicatorias de este calibre es excepcional, y explica por qué su nombre aparece tanto en los programas de concierto, aunque él no esté en el escenario.

El compositor de sus propios fuegos artificiales

Como muchos virtuosos de su tiempo, Sarasate escribió sus propias obras para lucirse en los recitales. Las más famosas son los Aires gitanos (Zigeunerweisen, 1878), la Fantasía sobre Carmen de Bizet y sus cuatro cuadernos de Danzas españolas, entre ellas la «Romanza andaluza» y el «Zapateado». Son obras que combinan melodías de inspiración popular con pasajes de enorme dificultad (armónicos, pizzicatos con la mano izquierda, golpes de arco saltados) y que siguen siendo imprescindibles en concursos y propinas. En 1904, ya con sesenta años, grabó algunas de ellas, y gracias a esos discos podemos escuchar todavía, aunque con el ruido de la época, cómo tocaba.

Fiel a San Fermín

Pese a vivir en París y pasar media vida de gira, Sarasate nunca rompió con su ciudad. Volvía a Pamplona cada año por San Fermín, donde le recibían como a un héroe local y donde tocaba para sus paisanos. El pintor estadounidense James McNeill Whistler lo retrató en 1884 de cuerpo entero, vestido de negro y con el violín en la mano, en un cuadro que hoy se conserva en el Carnegie Museum of Art de Pittsburgh.

Murió en Biarritz el 20 de septiembre de 1908. En su testamento repartió sus dos violines Stradivarius: el de 1724, al Conservatorio de París (hoy en el Musée de la Musique y conocido como «el Sarasate»), y el «Boissier», de 1713, al Real Conservatorio de Madrid, cuya historia te contamos en esta entrada. Pamplona mantiene vivo su nombre con un paseo en pleno centro y con el Concurso Internacional de Violín Pablo Sarasate.

Si quieres saber más sobre los secretos de los violines que tocaba, no te pierdas nuestro artículo sobre el misterio Stradivarius.

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