El Concierto de Aranjuez: cómo un compositor que no tocaba la guitarra escribió la obra española más famosa
Se estrenó el 9 de noviembre de 1940 en el Palau de la Música Catalana. Repasamos cómo Joaquín Rodrigo resolvió el reto de enfrentar una guitarra a una orquesta y qué hay de cierto en las leyendas del Adagio.

El 9 de noviembre de 1940, en el Palau de la Música Catalana de Barcelona, el guitarrista Regino Sainz de la Maza se sentó delante de la Orquesta Filarmónica de Barcelona, dirigida por César Mendoza Lasalle, para estrenar una obra que le había dedicado un amigo: el Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo. Ochenta y seis años después es, probablemente, la obra de música clásica española más interpretada y reconocida del mundo. Esta semana, sin ir más lejos, suena en Palma con José María Gallardo del Rey.
Un compositor que escribía en braille
Rodrigo nació en Sagunto en 1901 y perdió casi por completo la vista a los tres años por una difteria. Aprendió música con el sistema braille y compuso toda su vida así: escribía en braille y después dictaba nota a nota la partitura a un copista. En París, donde estudió con Paul Dukas, conoció a la pianista turca Victoria Kamhi, con la que se casó en 1933 y que sería su colaboradora más estrecha durante más de sesenta años.
El concierto nació en 1939, en buena parte en París, en un momento muy delicado: la Guerra Civil acababa de terminar y Europa estaba a punto de entrar en otra guerra. Fue la primera obra de Rodrigo para guitarra y orquesta, y él no tocaba la guitarra.
El problema de la guitarra y la orquesta
Componer un concierto para guitarra era un reto técnico. La guitarra tiene poco volumen, y cualquier orquesta mediana la tapa sin esfuerzo. Rodrigo lo resolvió con una plantilla ligera (maderas a dos, dos trompas, dos trompetas y cuerda, sin trombones ni percusión) y con una escritura muy transparente: la orquesta suele dialogar con la guitarra o callar cuando ella toca, en lugar de acompañarla en bloque. Una lección de orquestación que muchos compositores estudiaron después.
La obra tiene tres movimientos: un Allegro con spirito rítmico, con aire de danza; el famosísimo Adagio, en si menor, y un Allegro gentile final, más cortesano, que juega con compases cambiantes.
El Adagio: magnolias, una luna de miel y una leyenda
El título remite a los jardines del Palacio Real de Aranjuez, y Rodrigo habló de una música que evocaba «la fragancia de las magnolias, el canto de los pájaros y el murmullo de las fuentes». Pero el Adagio, con su melodía del corno inglés que retoma la guitarra, tiene un tono mucho más melancólico que un paseo por un jardín.
Durante años circularon explicaciones de todo tipo, entre ellas que se inspiraba en el bombardeo de Gernika, una idea popular sin base documental. El matrimonio guardó silencio mucho tiempo. Años más tarde, en sus memorias, Victoria Kamhi contó que el movimiento evocaba los días felices de su luna de miel y, a la vez, el dolor de la pareja por la pérdida de su primer embarazo. Es el testimonio más cercano que tenemos, aunque conviene leerlo como lo que es: el recuerdo personal de una de sus protagonistas.
Del Palau al mundo (y al jazz)
Un mes después del estreno barcelonés, el 11 de diciembre de 1940, el concierto llegó a Madrid, al Teatro Español, con el mismo solista y Jesús Arámbarri en el podio. A partir de ahí no paró. En 1960, el trompetista Miles Davis y el arreglista Gil Evans grabaron una versión del Adagio en el disco Sketches of Spain, sin pedir permiso al compositor. A Rodrigo no le gustó, y Kamhi llegó a calificarlo de «piratería», aunque con el tiempo aceptó que estas versiones hacían llegar su música a públicos nuevos. Después vinieron decenas de adaptaciones, del jazz al pop, y hasta una versión para arpa que el propio Rodrigo preparó en 1974 para Nicanor Zabaleta.
Un compositor de muchas obras, conocido por una
Rodrigo murió en Madrid en 1999 con un catálogo amplio que incluye canciones, obras para piano, para orquesta y otros conciertos (para piano, violín, violonchelo, arpa, flauta y varios más para guitarra, como la Fantasía para un gentilhombre). El rey Juan Carlos le concedió en 1991 el título de marqués de los Jardines de Aranjuez. La fama de una sola obra ha eclipsado a menudo el resto, pero también ha hecho algo extraordinario: convertir la guitarra española, el instrumento que perfeccionó Antonio de Torres, en solista de las grandes salas sinfónicas de todo el mundo. Si quieres conocer mejor la guitarra y el resto de la familia de la cuerda, visita nuestra página de instrumentos.