La «Danza macabra» de Saint-Saëns: un violín desafinado, un xilófono de huesos y un gallo al amanecer
Medianoche, un cementerio y la Muerte afinando su violín. La obra perfecta para Halloween esconde varios trucos de orquestación que merece la pena conocer.

Es medianoche en un cementerio. Un reloj da doce campanadas, la Muerte saca su violín y los esqueletos salen de sus tumbas a bailar. Hasta que canta el gallo. Esto es lo que cuenta la Danza macabra de Camille Saint-Saëns, y es difícil encontrar una obra mejor para estos días de Halloween y Todos los Santos. Tiene, además, varios trucos de orquestación que merece la pena conocer antes de escucharla.
De canción a poema sinfónico
La obra nació como una canción para voz y piano sobre un poema de Henri Cazalis, un texto con humor negro que recordaba que ante la Muerte todos son iguales: el rey baila con el campesino. Poco después, en 1874, Saint-Saëns la convirtió en un poema sinfónico para orquesta, sin voz, y el violín pasó a hacer el papel de la Muerte. Se estrenó en París a comienzos de 1875.
La idea de un baile de muertos venía de muy atrás. En la Europa medieval eran frecuentes las «danzas de la muerte» pintadas en iglesias y cementerios, y en Castilla se conserva un largo poema del siglo XV, la Dança general de la Muerte, en el que la Muerte va llamando a bailar a papas, reyes y labradores.
Los trucos de Saint-Saëns
- Las doce campanadas. La obra empieza con el arpa tocando doce veces la misma nota, un re: es el reloj que marca la medianoche.
- Un violín «desafinado» a propósito. El violín solista baja medio tono su cuerda más aguda, de mi a mi bemol. Así, al tocar a la vez dos cuerdas al aire, suena un la con un mi bemol: un tritono, el intervalo «del diablo». Es la Muerte afinando su instrumento.
- Huesos que suenan. Para imitar el entrechocar de los esqueletos, Saint-Saëns usó el xilófono, entonces casi desconocido en la orquesta sinfónica. Sus láminas de madera dan un sonido seco que hoy asociamos sin dudar a los huesos.
- Una cita de difuntos. En medio del baile aparece, deformado, el Dies irae, el canto gregoriano de la misa de difuntos que tantos compositores han usado para hablar de la muerte.
- El gallo. Al final, el oboe imita el canto del gallo al amanecer. Los muertos vuelven a sus tumbas y la música se apaga.
El chiste que vino después
A Saint-Saëns le gustaba reírse de sí mismo. En 1886 escribió El carnaval de los animales y, en el número titulado «Fósiles», volvió a sacar el xilófono con el tema de la Danza macabra, como si su propia obra ya fuera un hueso de museo. Franz Liszt, por su parte, hizo una versión para piano solo muy virtuosa.
Escúchala con atención al principio y al final: las doce notas del arpa y el gallo del oboe enmarcan toda la historia. Si quieres saber más sobre el oboe, tienes su ficha en nuestra sección de instrumentos.