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Viento madera · BiselEl único instrumento de viento madera que no usa caña: el sonido nace del aire partiéndose contra el borde de la embocadura. El más ágil de la familia, y el que menos gasto recurrente exige.

La flauta travesera se sopla de lado, no de frente: el aire choca contra el borde biselado de la embocadura y se parte en dos, una mitad hacia dentro del tubo y otra hacia fuera. Ese choque es lo único que produce el sonido. No hay lengüeta, ni simple ni doble: es el instrumento de viento madera que menos depende de una pieza que se gasta.
De ahí sale un timbre aéreo, claro y muy ágil para los pasajes rápidos, que se oye por encima de la orquesta y de la banda sin esfuerzo aparente aunque el mecanismo de digitación sea de los más exigentes de aprender bien.
La flauta moderna no está sola. Por encima está el flautín (o píccolo), una octava más agudo y el instrumento más agudo de toda la orquesta. Por debajo, la flauta contralto y la flauta baja, menos comunes pero cada vez más presentes en el repertorio contemporáneo y en las bandas grandes.
El sistema de llaves que usa casi todo el mundo hoy lo diseñó Theobald Boehm en 1832, y es una de las pocas veces en las que un rediseño mecánico cambió también el sonido: más potente, más homogéneo entre registros, más fácil de afinar.
Una flauta de estudio niquelada o plateada en la cabeza ronda los 400-800 €. Toda ella en plata maciza, que es donde empieza a notarse un cambio real de color y proyección, arranca sobre los 2.500-3.000 €. El oro, reservado a profesionales muy avanzados, se paga aparte.
Es, con diferencia, el instrumento de viento madera con menor coste recurrente: no hay cañas que comprar cada semana. Eso hace que el instrumento en sí concentre casi todo el gasto, y que merezca la pena esperar y comprar uno bueno antes que cambiar varias veces de flauta barata.
Sin caña no significa sin cuidados. La flauta se moja por dentro cada vez que se toca, y hay que pasarle la baqueta con un paño después de cada sesión: la humedad acumulada es lo que más deteriora las zapatillas (los tacos que cierran cada llave).
Esas zapatillas se desgastan con los años y hay que revisarlas: una que no cierra bien produce fugas de aire que se notan sobre todo en el registro grave, el más difícil de sacar en cualquier flauta. Una revisión anual en un taller de confianza evita la mayoría de sorpresas.
En la banda, la sección de flautas suele ser de las más numerosas después del clarinete: llevan la melodía en el registro agudo y doblan al clarinete en muchos pasajes para reforzar el color. En la orquesta su papel es aún más solista, con líneas propias en casi todo el repertorio sinfónico y de cámara.
Es también uno de los instrumentos con más salida en las escuelas de música, porque el primer sonido —a diferencia del oboe o el fagot— se consigue relativamente rápido, aunque llegar a dominarla en serio lleve, como todas, años.
Jean-Pierre Rampal fue quien, a mediados del siglo XX, sacó a la flauta del foso de la orquesta y la convirtió en instrumento de recital, con giras y grabaciones propias como antes solo tenían el violín o el piano. Sir James Galway, "el hombre de la flauta de oro", hizo lo mismo para el gran público a partir de los años setenta. Emmanuel Pahud, flauta solista de la Filarmónica de Berlín desde muy joven, es hoy la referencia para varias generaciones de flautistas.
En España, Claudi Arimany ha construido una carrera internacional como solista y ha sido determinante en la formación de flautistas jóvenes desde la docencia, con una actividad concertística que ha llevado la flauta española fuera de nuestras fronteras.
El Concierto en Re mayor K. 314 y el Concierto para flauta y arpa K. 299, ambos de Mozart, son el repertorio de referencia obligada. Syrinx, de Debussy, escrita para flauta sola, es la pieza que todo flautista toca alguna vez en su vida y una de las más influyentes del siglo XX.
El Concierto de Carl Nielsen y la Sonata de Poulenc son las dos obras del siglo XX que más se piden en pruebas de acceso a conservatorio superior. Y en el repertorio de banda, son incontables los pasodobles y obras de concierto que reservan a la flauta el papel de contar la melodía por encima de todo lo demás.
El itinerario es el mismo que para el resto de instrumentos: conservatorio elemental, profesional y, para quien quiera profesionalizarse, un conservatorio superior. En España hay uno en casi cada comunidad autónoma —el Conservatorio Superior de Música "Joaquín Rodrigo" de Valencia, el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, la Escuela Superior de Música de Cataluña (ESMUC) o Musikene en San Sebastián, entre otros—, todos con especialidad de flauta travesera dentro de los estudios de viento madera.
Muchas sociedades musicales y escuelas de banda ofrecen las primeras clases y el préstamo del instrumento, que es la vía más habitual para empezar antes de decidir si se sigue por la vía profesional.
Precio de referencia para empezar: 400 € estudio.
Según esta guía, tiene una dificultad de aprendizaje media.
Su mantenimiento es ligero.
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